Antisemitismo en el aula

Fred Marcus

Fred Marcus

En otoño de 1933, Fred se inscribe para cursar quinto grado en una escuela pública alemana. Debido a que anteriormente se salteó un grado en una escuela primaria privada, es el más joven de su clase. Además, debido a las nuevas leyes que restringen la inscripción de judíos, es uno de los pocos estudiantes judíos en la escuela. El ambiente hostil en el aula refleja la creciente agresión contra los judíos en la sociedad alemana.

Transcripción

Fred Marcus: Mis padres me inscribieron en una escuela privada. Y en lo que resultó ser un resultado no tan fortuito, completé los primeros cuatro años escolares en tres años. De modo que, a partir de entonces y durante el resto de mi vida escolar, siempre fui el bebé de la clase, lo que no siempre tuvo resultados beneficiosos. Después de esos tres años, me cambié al Friedrichswerderscher Gymnasium, una escuela en Alemania a la que van los niños que van a ir a la universidad después de los cuatro años de enseñanza básica en la escuela pública. Y esta también era una escuela pública.

Era una escuela para varones, con clases grandes, de entre 35 y 40 niños. Ingresé a esa escuela en quinto grado, después de haberme salteado el cuarto, debido a esa escuela privada. Este fue el año escolar de 1933 a 1934. Ocurrieron algunos eventos importantes que me hicieron tomar conciencia de cómo estaba cambiando Alemania. Uno fue cuando entró uno de nuestros maestros. En Europa, hasta el día de hoy, es costumbre que los niños se pongan de pie junto a sus asientos cuando entra el maestro. Y el maestro dirá: "Buenos días, tomen asiento". En este país solo lo hacemos cuando un juez entra en la sala. Pero en Alemania se hace en cada clase; cuando entra el maestro, hay que ponerse de pie. Un día, el saludo de los buenos días cambió por "Heil Hitler". Recuerdo sentir una sensación extraña. En ese momento tenía nueve años. Ya sabía, por supuesto, lo que estaba pasando, que tenía que pararme allí, levantar la mano y murmurar "Heil Hitler".

La otra experiencia que quiero contar es muy importante en mi vida; se refiere a las clases de música. Teníamos música dos veces por semana. Fuimos a una sala de música, que era como cualquier otra sala, con la excepción de que había un piano. Un profesor muy agradable, con un gran bigote, era nuestro profesor de música.

Su pedagogía y manejo del aula consistían en "recompensarnos" (si fuéramos un grupo escolar aquí ahora, todos los niños se agitarían) al dejarnos elegir la canción de cierre al final de cada lección: "Bien, chicos, han estado muy bien hoy. Pueden elegir la canción de cierre."

E invariablemente, mis compañeros de clase elegían cantar la marcha nazi conocida como "Horst-Wessel-Lied", y sabían todos los versos. Horst Wessel era un joven que murió apuñalado en una de las peleas callejeras entre comunistas y nazis durante la década de 1920. Con su muerte, se convirtió en el mártir del movimiento nazi. Si quiere despertar la emoción de la gente, es muy importante tener un mártir.

Tenían un mártir y lo glorificaron, y escribieron esta marcha sobre él. Tiene muchas estrofas. Las marchas, por naturaleza, tienen que tener muchas estrofas, para poder seguir marchando. Una de esas estrofas está grabada de forma indeleble en mi alma y en mi memoria, y dice: "Wenn's Judenblut vom Messer spritzt, dann geht's noch mal so gut". "Cuando la sangre de los judíos corra por nuestros cuchillos, las cosas serán doblemente mejores."

Dos veces por semana, mis queridos compañeros de clase –los líderes de la clase, los nazis de la clase (no todos eran nazis)– gritaban esa canción. Dos veces por semana me la cantaban, mientras yo y mis otros cinco o seis compañeros judíos nos sentábamos con la cabeza inclinada, con gran dolor y vergüenza.

Había bloqueado totalmente esta experiencia hasta que en 1964, recuerdo el año, vine a San José, California, como director de educación de una gran sinagoga de allí, el Templo Emanuel. El rabino, que ha sido mi mentor durante toda mi vida, todavía lo es, de improviso, una soleada mañana de domingo, me pidió que fuera y le hablara a la clase de confirmación.

Era una clase pequeña, de unos 20 niños. Recuerdo estar sentado a la mesa con ellos y hablar como le estoy hablando a usted ahora. De repente, de la nada, llegó esa experiencia. Y fue tan potente que, al terminar de relatarla por primera vez después de 30 años, me sonrojé. El dolor, la ira y la vergüenza seguían siendo muy fuertes.

Y seguí sonrojándome tal vez cinco o seis veces más. Es la prueba de que la psiquiatría y la psicología modernas funcionan. Hablar del tema, ahora puedo hacerlo; hablar de lo que pasó con ecuanimidad. Pero en ese momento no podía hacerlo.

Y alguien se podrá preguntar, ¿por qué ese maestro no sugirió alguna vez: "Bueno, siempre cantamos la misma canción. ¿Por qué no eligen otra?"? Él sabía lo que estaba pasando. Y la respuesta es simple: es que ya en 1933 tenía miedo.

Ese era el clima en el que vivíamos. Hasta un maestro tenía miedo de decir algo que pudiera interpretarse en contra del gobierno nazi. Miedo a que algún niño pudiera contarle a su padre, que era un funcionario nazi. Podrían amonestar al maestro, o podrían ponerlo bajo "custodia" durante algún tiempo, solo por no dejar que se cantara ese himno nazi en su aula.

"Un día, el saludo de los buenos días cambió por "Heil Hitler".

Archivo de Historia Visual de la Fundación Shoah en USC, entrevista 9214

Cronología de Fred Marcus

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