Una educación católica
Barbara Bandler Steinmetz
Aparte de los Bandler, el único europeo que vive en los alrededores de Jarabacoa es un sacerdote católico al que solo se refieren como «Padre». Los Bandler entablan una relación amistosa con él, y pronto les presenta a una monja, Madre Ascención, quien dirige una escuela para mujeres, el Colegio Inmaculada Concepción, en el pueblo vecino de La Vega. Madre Ascención accede a aceptar a Barbara y Ann como estudiantes del internado a condición de que ninguna de las dos niñas, ni nadie, revele que son judías. Nadie sabe de dónde vienen Barbara y Ann, ni cómo es que se encuentran en la región montañosa del interior de la República Dominicana.
Carta de la directora del Colegio Inmaculada Concepción con fecha del 22 de septiembre de 1942.
Cortesía de Barbara Bandler Steinmetz
La Vega, 22 de septiembre de 1942
Señor
Sr. Samuel Baudler [sic]
Jarabacoa, República Dominicana
Distinguido Señor:
En este momento, le escribo para informarle sobre lo que piensan mis Hermanas respecto al caso de sus hijas. Puede traerlas si lo desea; no las obligaremos a bautizarse ni a comulgar. Pero cuando los estudiantes asistan a la capilla los domingos y a la catequesis los sábados, también tendrán que asistir, para no llamar la atención de sus compañeros, lo que podría ser molesto para ellas, ¿no le parece? En cuanto al resto, nadie las coaccionará ni las molestará.
En cuanto a la pensión, dada la situación económica que me ha explicado y dado el interés de algunos de mis amigos en que se unan a nosotros lo antes posible, ofreceríamos el precio especial de $35.00 en oro por ambas.
Con la esperanza de que esto cuente con su aceptación, y con respetuosos saludos para su esposa y besos para sus hijitas,
permanezco en asistencia del Espíritu Santo de Cristo,
Hermana Ascensión del Buen Pastor
Directora del Colegio Inmaculada Concepción
Traducción
Instituto de Conciencia sobre el Holocausto
Aunque Barbara ha jurado ocultar su herencia, considera «un acto de valentía» la voluntad de Madre Ascención de matricularlas a ella y a su hermana en la escuela. En efecto, la madre superiora podría ser amonestada por aceptar en su escuela a estudiantes no bautizados. No todos los miembros de la jerarquía católica están dispuestos a ayudar a los refugiados judíos. Al principio, a Barbara le aterroriza separarse de sus padres, pero una vez que se adapta a su nuevo entorno, disfruta de asistir al Colegio Inmaculada. Ella y sus compañeros patinan por el convento y juegan a la mancha en el patio, donde una estatua de la Virgen María sirve de «base». Años después, Barbara aún puede recitar de memoria varias oraciones en español.
Ann (primera fila, primera por la derecha) y Barbara (primera fila, octava por la derecha) en La Escuela de Inmaculada Concepción, La Vega.
Cortesía de Barbara Bandler Steinmetz
Transcripción
Barbara: Como usted... como usted sabe, la escolarización es sumamente importante. Y como vivíamos en esta parte aislada del mundo, mis padres tuvieron que buscar una escuela adecuada. Y lo que encontraron fue algo que era... lo más cercano era una escuela en un pueblo llamado La Vega, que voy a suponer que está a unas 25, 30, 40 millas de Jarabacoa, montaña abajo.
Y es una... una escuela dirigida por monjas católicas, monjas de España. Así que mi padre les escribió para preguntarles si sus hijas podían asistir a esa escuela. Y la respuesta de la Madre Superiora fue afirmativa, podíamos ir a la escuela. Sin embargo, había algunas estipulaciones. Teníamos que ir a la iglesia todos los días. Teníamos que asistir a catequesis todas las semanas. No era necesario que comulgáramos, ni que nos bautizaran, y nadie debía saber que éramos judías porque no iba... no iba a ser bueno para nosotras, pero quería que fuéramos a la iglesia todos los días porque no quería las burlas de... no quería que los otros niños se burlaran de nosotras. Y no quería que nos distinguiéramos de los demás niños. No le parecía que eso fuera bueno.
Entrevistador: ¿Cuántos niños judíos asistían a la escuela?
Barbara: Éramos nosotras. Mi hermana y yo éramos los niños judíos. Y así, en septiembre de 1942, mi hermana, mi madre y yo nos subimos a caballo, porque era nuestro único medio de transporte, con nuestras pocas pertenencias. Y fuimos a caballo hasta... hasta la escuela. Ahora debo decirle que probablemente era la primera vez que veía monjas con el hábito completo. Y esa fue una experiencia bastante aterradora para una niña de no más de cinco años. Y... y entonces yo estaba... estaba muy asustada por la experiencia. Además, tenía un aspecto muy austero. Todos los niños vestían uniforme. Y era un internado, por supuesto. Mis padres nos iban a dejar en esa escuela. Ahora,... algo que siempre había sucedido, era que mis padres siempre estaban con nosotras en todos nuestros viajes, desde Italia, a Hungría, a Niza, a Lisboa, a la isla Ellis, a Sosúa. Había algo que era permanente en mis 4 años y medio de existencia, y era tener a mi madre y a mi padre. Y aunque el mundo a mi alrededor se desmoronara y cada año estuviera en un país con un idioma diferente, mis padres siempre estaban ahí. Y ahora nos dejaban en un país extranjero con un idioma extranjero y con personas que parecían muy, muy diferentes. No conocíamos a nadie y fue muy, muy traumático.
«Y aunque el mundo a mi alrededor se desmoronara y cada año estuviera en un país con un idioma diferente, mis padres siempre estaban ahí».
Archivo de Historia Visual de la Fundación Shoah en USC, entrevista 38619
Transcripción
Barbara: La escuela era... era realmente una escuela maravillosa. Las monjas eran cálidas, cariñosas, atentas, bien educadas. Mi hermana y yo tuvimos una maravillosa, maravillosa educación en la escuela. Jugábamos a juegos increíbles en la escuela. Había una... había una maravillosa estatua de la Virgen María en el patio. Y ahí jugábamos a la mancha, y la Virgen María participaba. Es decir, teníamos que tocarla para... y entonces... nos escondíamos debajo de los bancos. Y había una gruta en la... cuando entraba por primera vez a la escuela, había una hermosa, hermosa gruta. Y me paraba en la gruta porque estaba cubierta de hojas verdes y velas... y era maravillosa y hermosa.
Y aprendí a amar ir a la iglesia cada mañana. Hay... hay una mística sobre la iglesia católica, y en particular la iglesia católica en los países latinoamericanos porque es... se practica a la manera antigua. Hay... el... el cura aparece con sus trajes muy elegantes y seguido de monaguillos con incienso, y la iglesia se llena de incienso. Y para una niña pequeña que era arrastrada de aquí para allá, representaba estabilidad. Y recuerdo que me encantaba el olor del incienso en la iglesia. Y me encantaba... me encantaba la... la regularidad de la vida. Me encantaba saber lo que tenía que hacer cada día y quién iba a estar allí. Había cierta permanencia. Rara vez salíamos de la escuela. La escuela... dormíamos allí. Comíamos allí. Nosotras... nosotras, obviamente, íbamos a la escuela. Recibía clases de piano en la escuela. Jugábamos en el patio. Y todo estaba dentro de las puertas de la escuela. Había... había como una valla alta alrededor de toda la propiedad, que la separaba totalmente del resto del mundo. Y era... era como estar en un refugio. Y durante tres años fuimos a la escuela en este refugio. Y... me brindó una estabilidad que nunca antes había conocido. Y me encantó.
[...]
Entrevistador: Durante ese tiempo, ¿sentía alguna identidad judía?
Barbara: Sabía que era judía. Nunca se lo dije a nadie.
«... durante tres años fuimos a la escuela en este refugio. Y... me brindó una estabilidad que nunca antes había conocido. Y me encantó».
Archivo de Historia Visual de la Fundación Shoah en USC, entrevista 38619

